29 abril 2026

NECESIDAD DE UN NUEVO SISTEMA DE GESTIÓN DE EMERGENCIAS

                                                                                                                                                                  ELÍAS BAYARRI

Las grandes emergencias que henos sufrido recientemente, en especial la Dana de Valencia de 

octubre de 2024, el apagón generalizado de abril de 2025 o los incendios forestales del pasado 

agosto, han puesto de manifiesto la disponibilidad de una enorme cantidad de medios de 

intervención y la alta estima que la sociedad tiene de los profesionales de emergencias

(bomberos, 

sanitarios, policías, forestales, UME, etc.). Paralelamente, han generado en la opinión pública la 

sensación de descoordinación interadministrativa (cuando no de verdadero enfrentamiento entre 

organismos) y la conciencia de una generosísima solidaridad ciudadana en situaciones de crisis. A 

estas alturas somos mayoría los que creemos que la respuesta en manos de organismos 

descentralizados, cuerpos profesionales y voluntariado social ha sido rápida, ejemplar y generosa. 

¿Descoordinada y, en ocasiones, ineficaz? Seguramente, pues somos también mayoría los que 

pensamos que la dirección y la coordinación (las que competen a administraciones superiores) no 

han estado a la altura de la gravedad de las consecuencias. 

La sociedad ha intuido que el sistema de gestión de emergencias ha sido sometido a retos que no 

ha sido capaz de superar y, en consecuencia, ante las dudas suscitadas, se cuestiona el modelo de 

protección civil en su conjunto. Impera una pérdida generalizada de confianza en las instituciones 

a las que no se ve capaces de asumir, ejemplar y eficazmente, las altas responsabilidades que sobre 

ellas recaen. 

Ante este cuestionamiento, ante estas dudas, cabe preguntarse ¿en qué situación nos deja esto? 

¿qué hemos aprendido? ¿hemos identificado las debilidades? ¿planteamos cambios? La sociedad 

en general, los técnicos intervinientes, el voluntariado desplegado y en especial las víctimas y sus 

familiares, merecen la reflexión sobre todo ello y, a ser posible, la búsqueda de respuestas. 

Nuestro sistema de respuesta en caso de grandes emergencias, basado en la denominada 

“planificación de protección civil”, se ha mostrado ineficaz para generar orden y transmitir 

tranquilidad ante la fragmentación y el caos con que se inicia toda gran emergencia. Los terribles 

episodios que hemos sufrido han demostrado las quiebras de un sistema centralizado y jerárquico, 

basado en recrear modelos y estructuras preestablecidas y en la superposición de estas formas 

teóricas en caso de emergencia. Modelos y estructuras eficaces para otro tipo de escenarios, pero 

no para realidades totalmente diferentes para las que no fueron pensados. Un modelo que, pese a 

autodenominarse “Sistema Nacional de Protección Civil”, no ha funcionado, al menos en los tres 

casos referidos, como verdadero y único ¨sistema”. 

¿Cómo podemos superar esta situación? ¿Cómo garantizar una respuesta ante grandes emergencias 

en el que se revierta el caos y la descoordinación imperantes? ¿Como crear un sistema que garantice 

la dirección y coordinación centralizada a la vez que evite la visión autoritaria y jerárquica que ya 

ha fracasado? ¿Cómo garantizar la cohesión de un modelo que incorpore la respuesta territorial y 

las acciones espontáneas? 

Para responder a todo ello se propone expandir nuestro concepto de sistema nacional más allá de 

la esfera planificadora de protección civil para adentrarnos en el ámbito interdisciplinar de la “teoría 

de los sistemas complejos”, particularmente en su concepto de comportamiento emergente; 

concepto que puede aplicarse a cualquier fenómeno o sistema que produzca orden y funcionalidad 

de manera autoorganizada. El orden emergente se genera en un proceso ‘ascendente’ (bottom-up; de 

abajo arriba): la interacción entre los elementos del sistema al nivel más básico produce un 

comportamiento colectivo de todo el sistema al nivel superior. Esta autoorganización no requiere 

un control ‘descendente’ (top-down; de arriba abajo) es decir, el orden surge sin una jerarquía entre 

los elementos y sin instrucciones de una autoridad superior que lo imponga desde arriba. 

El ejemplo clásico de orden emergente es el comportamiento de una bandada de pájaros. Los 

grupos de aves vuelan con una sincronización sorprendente, adoptan formaciones aerodinámicas 

y giran al unísono para evitar depredadores. Esta coordinación no resulta de un pájaro líder que 

transmite instrucciones con una misteriosa telepatía animal; el comportamiento colectivo de la 

bandada simplemente ‘emerge’ de cada ave individual respondiendo a los movimientos de sus 

vecinas. Como resultado de estas microinteracciones, la bandada se convierte en una macroentidad 

coherente con habilidades aerodinámicas y defensivas muy superiores a las de cualquier ave 

individual. A través del comportamiento emergente, el todo es mayor que la suma de las partes. 

Esta comprensión del comportamiento animal también puede aplicarse al contexto de la gestión 

de las grandes emergencias. Territorios, pueblos y barrios son ‘entidades’ sociomateriales que 

poseen, simultáneamente, una realidad física, un contexto social y una organización administrativa. 

No son sólo paisajes construidos ni tampoco exclusivamente el conjunto de personas que los 

habitan. En caso de grandes emergencias, como en una bandada de pájaros, las propiedades de 

respuesta de tales ‘entidades’ en su conjunto surgen orgánicamente de todas las interacciones entre 

sus partes sociales y materiales. Tratar los puestos de mando ligados a dichas ‘entidades’ como 

ecosistemas emergentes, puede ayudar a entender por qué determinados sectores de esas grandes 

emergencias responden con modelos sólidos y singulares. 

Gestionar una emergencia de forma cohesiva requiere adentrarse en una compleja red de 

interacciones, incluyendo los numerosos canales de flujo de la información y las muchas decisiones 

individuales de los intervinientes, los técnicos de coordinación o de las propias autoridades 

responsables. La comprensión de toda esta complejidad, sin tratar de simplificarla o abstraerla, 

supone un nuevo paradigma para la gestión de las grandes emergencias en el que el marco de 

planificación sólo cobra importancia una vez aprehendido el previo marco de respuesta. 

Esta propuesta implica un nuevo modelo de gestión de grandes emergencias que permitiría 

implantar un sistema de Protección Civil basado en la teoría de los sistemas complejos. Bajo esta 

perspectiva del comportamiento emergente, los componentes individuales del sistema no se verían 

permanentemente diluidos en un todo homogéneo. Al igual que los pájaros de la bandada, las 

administraciones locales y los recursos desplegados en una zona actuarán con una aproximación 

espacial y temporal que, inevitablemente, sorprenderá y confundirá a políticos y planificadores. Un 

sistema único que escucha a sus partes. Un sistema en el que el recurso individual desempeña un 

papel dinámico y complejo en la configuración de la respuesta. Un sistema, en definitiva, que 

garantiza la identidad cohesionada de todas sus componentes sin la necesidad de una autoridad 

centralizada y jerarquizada que defina ese marco de identidad.

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